La Ciénaga de Mallorquín, que por años fue el eje de sustento para decenas de familias, ha cambiado profundamente con los proyectos urbanísticos y ambientales recientes. La transformación del entorno modificó el comportamiento del agua, restringió zonas de acceso y obligó a los pescadores a reacomodar sus rutas.
Aunque se impulsan iniciativas de turismo ecológico y conservación, estos procesos han traído tensiones: algunos pescadores quedaron por fuera de las nuevas dinámicas, otros deben trabajar en sectores más lejanos o menos productivos.
A esto se suma la contaminación del agua, que ha reducido especies y ha complicado las jornadas de pesca. Mallorquín es hoy un territorio de contrastes entre restauración, turismo y supervivencia pesquera.