Cuando el mar se fue secando: la vida de Pedro Walter Stan, un pescador que ya no quiere volver al agua
Por: Héleonor Pérez Márquez
A Pedro Walter Stan el mar le empezó a hablar cuando tenía 13 años. En esa época cuando las madrugadas eran más frescas y los bancos de peces parecían infinitos el muchacho se subía a las lanchas sin miedo y sin pensarlo demasiado. Hoy, con 70 años, recuerda esos días mientras remienda redes en tierra firme, lejos de las olas y del ruido de los motores que durante más de cinco décadas marcaron su rutina.
Se retiró hace cuatro años, no por falta de amor al oficio, sino porque el cuerpo ya no le responde igual. “Uno se cansa… los brazos, la espalda, todo duele”, dice mientras pasa la aguja por una red desgarrada. Los pescadores aún confían en sus manos, manos que ya no sostienen remos pero sí reparan las heridas que dejan los peces cuando golpean las mallas.
El mar también le dejó cicatrices más profundas. Recuerda botes volcados, noches en las que la brisa parecía querer tragárselo todo, compañeros que se esfumaron entre las olas sin una despedida posible. “Muchos amigos ya no están… uno los veía irse y no volver”, cuenta con una serenidad que solo dan los años y el duelo sostenido.
Pero lo que más lo entristece no es el pasado, sino el presente: la pesca ya no es la misma. Pedro asegura que el mar se ha ido “secando” de peces, empujado por la contaminación de las industrias, los químicos que llegan desde los ríos y las construcciones de espolones que alejan los cardúmenes. Antes, dice, bastaba con salir un poco y lanzar la red. Ahora hay que arriesgarse más, alejarse más, y a veces ni así vale la pena.
La rentabilidad también ha ido disminuyendo. Un pescador puede ganar 50 mil pesos en una jornada, si el día es bueno; el piloto, por su responsabilidad, se lleva el doble. Y, aun así, hay noches en que todos vuelven con las manos vacías. “Así no se puede vivir”, sentencia mientras avanza en silencio con su aguja.
Quizás por eso a sus hijos y nietos no les llama la atención el oficio. Ninguno quiso seguir la tradición familiar. Algunos trabajan en empresas; otros, en oficios distintos. Pedro no los culpa. Al contrario, los aplaude. “Esto ya no es vida para un joven”, afirma. Y menos ahora, cuando el mar es más peligroso que nunca. Las corrientes cambian, los vientos son más fuertes y la pesca nocturna, que antes era costumbre, ahora puede ser fatal.
Aunque tiene un barco y perteneció a una cooperativa, ya no siente la necesidad de volver al agua. El cansancio físico y la incertidumbre de cada salida terminaron de convencerlo. Ahora su ingreso depende de lo que los compañeros quieran pagarle por remendar redes, un trabajo noble pero insuficiente para vivir con holgura.
Aun así, Pedro no se queja. Lo dice con una mezcla de resignación y sabiduría: “El mar da, pero también quita”. Y mientras sigue tejiendo la red que tiene entre las manos, se nota que su relación con el océano no se rompió: simplemente cambió de forma. El mar lo formó, lo acompañó, casi se lo llevó, y finalmente lo dejó aquí, en la orilla, mirando cómo las nuevas generaciones se alejan de un oficio que parece extinguirse con él.
En sus ojos hay nostalgia, pero también alivio. Volver al mar, dice, ya no está en sus planes. A estas alturas, prefiere la tierra firme, donde la brisa no amenaza y las redes rotas todavía pueden remendarse. El mar, en cambio, no.