RADIOGRAFÍA DE LA PESCA EN PUERTO COLOMBIA
POR: ALEJANDRO ROCHA Y ELY DIAZGRANADOS

Entre los callejones de Puerto Colombia, la rutina de los pescadores artesanales transcurre entre madrugadas, redes remendadas y un mar cada vez menos generoso. Pero más allá de las historias cotidianas, los datos comienzan a hablar por sí solos: la pesca artesanal del Atlántico está envejeciendo.
De acuerdo con registros de la Alcaldía de Puerto Colombia y consolidados por el área de Comercio, Industria y Turismo, la mayoría de los pescadores registrados tiene entre 46 y 65 años, mientras que los menores de 25 representan un grupo casi simbólico. El gráfico que acompaña este análisis muestra que las generaciones jóvenes apenas alcanzan una fracción del total, una señal de que el relevo generacional está en riesgo.
Esa ausencia de jóvenes en la actividad artesanal contrasta con el peso histórico del oficio. En comunidades como Las Flores o Salgar, la pesca no solo era una fuente de ingreso, sino un legado transmitido de padres a hijos. Hoy, sin embargo, las nuevas generaciones prefieren migrar hacia sectores como el turismo, el comercio informal o el mototaxismo, donde los ingresos son más rápidos y menos dependientes del clima.
Los datos también revelan otro patrón: la fragmentación organizativa del sector. De las más de quince asociaciones registradas en el municipio, pocas superan la veintena de afiliados. Solo tres —COOPEGAR, ASOPESMARPORTE y ASOPESCARITO— agrupan cifras considerables, mientras que el grupo de pescadores independientes lidera el registro con 91 personas.
Este predominio de lo individual sobre lo colectivo refleja una debilidad estructural: sin cooperativas fuertes, los pescadores pierden poder de negociación frente a intermediarios y compradores. En la práctica, eso significa vender a menor precio, sin acceso a refrigeración ni redes de comercialización estables. Según un informe del Servicio Estadístico Pesquero Colombiano (SEPEC), más del 70 % de los desembarcos artesanales del Caribe se comercializan sin intermediación formal, lo que limita los ingresos y agrava la informalidad del oficio.
Las causas de este declive van más allá de lo económico. El Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar) ha documentado que los ecosistemas costeros del Atlántico presentan signos de degradación, con pérdida de manglares, contaminación y presión pesquera sobre especies como el róbalo (Centropomus undecimalis) y el jurel (Caranx hippos). Estos factores reducen la productividad y desincentivan la entrada de nuevos pescadores.
El problema, sin embargo, no es exclusivo de Puerto Colombia. A nivel nacional, la Autoridad Nacional de Acuicultura y Pesca (AUNAP) ha advertido que el país enfrenta un “vacío generacional” en la pesca artesanal: los pescadores mayores de 50 años representan más del 60 % del total, mientras que los menores de 30 apenas alcanzan el 10 %. Esta tendencia amenaza la sostenibilidad cultural y económica de un oficio que sostiene la seguridad alimentaria de miles de familias costeras.
“Lo que muestran las cifras es que la pesca artesanal está atrapada en una paradoja”, explica un estudio de la Universidad Nacional de Colombia. “Mientras las comunidades costeras siguen dependiendo del mar, el mar ya no les ofrece las mismas condiciones ecológicas ni sociales para sobrevivir de él”.
El gráfico de edad y vinculación refleja precisamente esa tensión: los pescadores mayores, más organizados y persistentes, sostienen la base del sector, mientras que los jóvenes, desmovilizados o desvinculados, representan una generación ausente.
En términos simples, la pesca artesanal en Puerto Colombia sobrevive más por resistencia que por renovación. Y aunque las cifras parecen frías, detrás de cada barra azul hay historias de adaptación, pérdidas y memoria: hombres y mujeres que han hecho del mar su biografía, aun cuando el mar empieza a olvidarse de ellos.