Osvaldo Villarreal Figueroa: el pescador que aprendió a remar

 contra la vida

Por: Héleonor Pérez Márquez

A sus 63 años, Osvaldo Villarreal Figueroa todavía carga en las manos el olor a sal, a cuerda mojada y a red recién tejida. Nació el 14 de septiembre de 1962 y desde los siete años entendió que la vida no siempre espera: su padre lo abandonó y él tuvo que asumir responsabilidades que a otros niños les llegan mucho más tarde. El mar y sus abuelos fueron su escuela; antes de cumplir ocho años ya sabía lanzar una atarraya, leer las corrientes y distinguir la sombra de un pez en la superficie oscura. Solo llegó hasta tercer grado de primaria, pero aprendió otro tipo de conocimiento: el que se construye a punta de madrugadas, manos endurecidas y paciencia.

Osvaldo domina artes que hoy pocos jóvenes conocen. Teje redes, trasmallos y atarrayas con la naturalidad de quien respira. Maneja canoa, lancha y todo tipo de remos como extensiones de su propio cuerpo. Prefiere la pesca nocturna porque “en la oscuridad los peces se confían y los pescadores también”, dice entre risas. Su rutina es dura: trabajar toda la noche, vender el pescado al amanecer y dormir apenas unas horas antes de volver a empezar. Conoce bien los sacrificios de la pesca: el frío que cala, el hambre que aprieta y las noches en que la corriente trae más vacío que peces. Sabe también que el bolsillo del pescador es incierto: una semana se gana bien y la siguiente no hay ni para gasolina. Por eso, aunque ama su oficio, no se lo recomienda a sus hijos.

Ha visto cómo el océano se transforma. Recuerda cuando en la costa de Salgar y Puerto Colombia sobraban las lisas, los sábalos, los robalos y hasta los tiburones. Hoy, dice, los peces se alejan cada vez más por la contaminación. Señala a fábricas como Fagrar, cuyos desechos ácidos, según cuenta, cambiaron el color del agua y espantaron la vida marina. También observa con desconfianza los nuevos inventos de la pesca moderna: motores más potentes, fibras ópticas y equipos tecnológicos que prometen eficiencia, pero que para él representan riesgos y un quiebre con la tradición. “Los pescadores de antes sabíamos remar. Los de ahora dependen del motor”, dice, con una mezcla de orgullo y nostalgia.

Su relación con otras instituciones ha sido irregular, aunque destaca el apoyo de la Universidad Nacional, que les ha facilitado talleres, reuniones y hasta un carné que lo hace sentir reconocido. Sabe que los pescadores necesitan más que herramientas: necesitan acompañamiento, memoria y respeto por un oficio que sostiene a miles de familias.

Cuando está en el mar, Osvaldo canta. Recita versos antiguos sobre la vida del pescador, canciones que escuchó de sus abuelos y que ahora él repite para que no se pierdan. Pese a las dificultades, siente un orgullo profundo por su oficio. Recomienda a los jóvenes aprender sus técnicas tradicionales: tejer, remendar, lanzar bien la atarraya, manipular anzuelos. “Eso es lo que hace a un verdadero pescador”, afirma. Osvaldo Villarreal no solo es un pescador veterano: es un guardián de memoria. Un hombre que aprendió a remar contra la vida, que ha visto cambiar el mar y que sigue creyendo que, mientras haya redes por remendar y canciones por cantar, la pesca todavía tiene alma.

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